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Hace muchos años, en Francia, junto a un arroyo, vivía un tomate que aún estaba verde y se pasaba el día imaginando cómo serían las papas de América. Tanto tiempo dedicaba a ello, que sus compañeros tomates crecían y se ponían colorados, y él continuaba pequeñito y descolorido. Los compañeros tomates, al ver su cara de poca salud, le decían:
— ¡Eh, soñador, no pienses tanto en las papas americanas y dedícate más al deporte!
Dijeran lo que dijeran, el tomatito verde no podía quitarse de la cabeza cómo serían las papas americanas.
Hasta que un día pasó por allí una familia que iba a pasar el día al campo y, al ver aquellos tomates grandes y relucientes, los tomaron y los metieron en una ensalada. Pero como el tomatito todavía estaba muy verde y muy chiquito, lo dejaron. Por eso pudo vivir muchos años más.
Un día, cuando ya estaba maduro, conoció a una papa americana que vino de muy lejos y le robó el corazón.