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Esta historia ocurrió en los tiempos en que las mujeres vestían de seda y se ponían en la cabeza un cucurucho como el de un helado. Los hombres llevaban armaduras de hierro y una lanza en la mano.
Un día, un caballero dijo a su escudero:
— ¡Oh, mi valeroso y fiel escudero! Me habéis servido siempre con lealtad; me habéis acompañado cruzando naciones en guerra y parajes hostiles. Nunca vuestros labios han pronunciado una palabra de desánimo, nunca se os ha escapado un gesto de cansancio, aunque siempre habéis viajado a pie. Quiero premiar vuestro servicio. Pedidme lo que queráis.
El escudero bajó humildemente la mirada y respondió:
— ¡Oh no, magnánimo señor! No necesito ninguna manifestación de vuestra gratitud. El honor de serviros como señor es suficiente paga para mí.
El caballero bajó de su caballo enfadado y dijo al escudero:
— ¡Escudero, eres un zopenco! Pídeme cualquier cosa, que yo te la daré sin dudar.
Cuenta la historia que a partir de aquel día el caballero perdió su caballo, sus tierras, sus castillos, su dama, y que ahora el escudero es el caballero y el caballero, el escudero.